"Para Egipto, éste es el milagro de la plaza de Tahrir"

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"Para Egipto, éste es el milagro de la plaza de Tahrir"

Mensaje por Heautontimorumenos el Dom 13 Feb 2011, 12:29 am

Quiero compartir un artículo del filósofo esloveno Slavoj Žižek respecto a los recientes eventos en Egipto. Comparto esto porque particularmente aquí en América Latina el tema de las luchas sociales es importante y, precisamente por este afán de conservar el tema vigente, la presunta lucha se ha vuelto insípida y ha perdido sus contenidos reales. Lo sucedido en Egipto es un asunto digno de reconocimiento y de un análisis -como éste- que haga justicia de sus virtudes.

El vínculo con el texto en inglés es el siguiente: http://www.guardian.co.uk/global/2011/feb/10/egypt-miracle-tahrir-square. Aquí, sin embargo, haré una rápida traducción.

Para Egipto, este es el milagro de Tahrir Square

No hay lugar para el compromiso. O el edificio entero de Mubarak cae, o bien el levantamiento es traicionado.

Uno no puede sino notar la “milagrosa” naturaleza de los eventos en Egipto: algo ha pasado que pocos predijeron, violando la opinión de los expertos, como si el levantamiento no fuera simplemente el resultado de causas sociales sino de la intervención de una misteriosa agencia [en el sentido de mediación] que nosotros podemos llamar, en un sentido platónico, la idea eterna de libertad, justicia y dignidad.

El levantamiento fue universal: fue inmediatamente posible para quienes alrededor del mundo nos identificamos con él, reconocimos de qué se trataba, sin la necesidad de análisis culturales de las características de la sociedad egipcia. En contraste con la revolución Khomeini de Irán (donde los izquierdistas tuvieron que ocultar su mensaje dentro del marco predominantemente islamista), aquí el marco es claramente el de un llamado secular y universal de libertad y justicia, al grado que la hermandad musulmana tuvo que adoptar el lenguaje de demandas seculares.

El momento más sublime ocurrió cuando musulmanes y cristianos coptos rezaron conjuntamente en la plaza Tahrir del Cairo, cantando “¡Somos uno!” –dando la mejor respuesta a la violencia sectaria religiosa. Esos neoconservadores que critican el multiculturalismo en nombre de los valores universales de libertad y democracia están enfrentando ahora su momento de verdad: ¿quieren libertad y democracia universal? Esto es lo que la gente pide en Egipto, así que ¿por qué están los neoconservadores tan inquietos? ¿Es porque los manifestantes en Egipto mencionan libertad y dignidad al mismo tiempo [literal: en el mismo aliento] que justicia social y económica?

Desde el inicio, la violencia de los manifestantes ha sido puramente simbólica, un acto de desobediencia civil radical y colectiva. Ellos suspendieron la autoridad del estado –no sólo fue una liberación interior [en secreto], sino un acto social de romper las cadenas de la esclavitud. La violencia física fue infligida por los matones a sueldo de Mubarak entrando a la plaza Tahrir en caballos y camellos para golpear a la gente; lo que la mayoría de los manifestantes hizo fue defenderse a sí mismos.

Aunque combativo, el mensaje de los manifestantes no ha sido el de matar. La demanda fue para que Mubarak se fuera, y, por lo tanto, se inaugurara el espacio para la libertad en Egipto, una libertad de la cual nadie está excluido –la llamada de los manifestantes a la armada [milicia], y aún a la odiada policía, no fue “¡Muerte para ustedes!”, sino “¡Somos hermanos! ¡Únansenos!” Esta característica claramente distingue una demostración emancipatoria de un populismo derechista: aunque la movilización de la derecha proclama la unidad orgánica de la gente, es una unidad sustentada por una llamada a aniquilar al enemigo designado (judíos, traidores).

Entonces ¿dónde estamos ahora? Cuando un régimen autoritario se aproxima a su crisis final, su disolución tiende a seguir dos pasos. Antes de su actual colapso, una ruptura tiene lugar: de pronto, todos saben que el juego se ha terminado, ellos simplemente dejan de temer. No es sólo que el régimen pierda su legitimidad; su ejercicio de poder por sí mismo es percibido como una reacción impotente de pánico. Todos conocemos la clásica escena de las caricaturas: el gato alcanza un precipicio pero continúa caminando, ignorando el hecho de que no hay más suelo bajo sus pies; empieza a caer sólo cuando mira abajo y nota el abismo. Cuando pierde su autoridad, el régimen es como un gato sobre el precipicio: con el fin de caer, sólo que hay que recordarle que mire hacia abajo.

En el Shah de Shahs, un clásico testimonio de la revolución de Khomeini, Ryszard Kapuscinski situado en el preciso momento de esta ruptura: en un cruce de caminos de Teherán, un manifestante se rehusó a ceder cuando un policía le ordenó que se moviera y, avergonzado, el policía se retiró; en pocas horas, todo Teherán supo acerca de este incidente, y, aun cuando las peleas en las calles continuaron por semanas, todos de alguna manera sabían que el juego había terminado.

¿Está pasando algo similar en Egipto? Un par de días después del inicio, parecía que Mubarak estaba ya en la situación del proverbial gato. Entonces vimos una operación bien planeada para secuestrar la revolución. La obscenidad de esto fue impresionante: el nuevo vicepresidente, Omar Suleiman, ex jefe de la policía secreta responsable de torturas en masa, se presentó a sí mismo como la “cara humana” del régimen, la persona encargada de supervisar la transición a la democracia.

La lucha de resistencia de Egipto no es un conflicto de visiones, es el conflicto entre una visión de libertad y un ciego aferrarse al poder que usa todos los recursos posibles –terror, escasez de comida, el simple cansacio, soborno con salarios elevados- para confutar el deseo de libertad.

Cuando el presidente Obama dio la bienvenida al levantamiento como una expresión legítima de la opinión que necesita ser reconocida por el gobierno, la confusión fue total: las multitudes en el Cairo y Alejandría no querían que sus demandas fueran reconocidas por el gobierno, ellos rechazaron la legitimidad del gobierno. Ellos no querían el régimen de Mubarak como un compañero en el diálogo, ellos querían a Mubarak fuera. Ellos no simplemente querían un nuevo gobierno que escuchara su opinión, ellos querían replantear el Estado entero. Ellos no tienen una opinión, ellos son la verdad de la situación en Egipto. Mubarak entiende esto mucho mejor que Obama: no hay lugar para el compromiso aquí, como no lo hubo cuando los regímenes comunistas fueron impugnados a finales de los 80. O bien el edificio entero de poder de Mubarak se viene abajo, o bien el levantamiento es cooptado y traicionado.

Y ¿qué hay acerca del temor de que, después de la caída de Mubarak, el nuevo gobierno sea hostil hacia Israel? Si el nuevo gobierno es la expresión genuina de la gente que orgullosamente disfruta su libertad, entonces no hay nada que temer; el antisemitismo sólo puede crecer en condiciones de desesperación y opresión. (Un reporte de la CNN de una provincia egipcia mostró cómo el gobierno está difundiendo rumores ahí de que los organizadores de las protestas y periodistas extranjeros fueron enviados por los judíos para debilitar a Egipto – ¿qué más se puede decir de la amistad entre Mubarak y los judíos?).

Una de las más crueles ironías de la situación actual es la preocupación de Occidente de que la transición proceda en el camino de la legalidad – como si Egipto tuviera la regla de la ley hasta ahora. ¿Ya olvidamos que, durante muchos años, Egipto estuvo en un permanente estado de emergencia? Mubarak suspendió la regla de la le, dejando el país entero en un estado de inmovilidad política, sofocando la genuina vida política. Tiene sentido que muchas personas en las calles del Cairo griten que ahora se sienten vivas por primera vez en sus vidas. Sea lo que pase después, lo que es crucial es que este sentido de “sentirse vivos” no está sepultado en la cínica realidad política.
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